
Durante mucho tiempo, la salud mental fue un tema silenciado. Hablar de ansiedad, tristeza o agotamiento emocional se consideraba signo de debilidad. Ir al psicólogo era casi un secreto. Y mostrar emociones en público podía ser motivo de burla o vergüenza. Sin embargo, algo ha cambiado en los últimos años. De repente, hablar de emociones se ha vuelto cotidiano. Lo vemos en los medios, en los colegios, en las empresas, en redes sociales, en campañas publicitarias e incluso en conversaciones familiares. Todo el mundo parece estar hablando de autocuidado, límites, ansiedad, inteligencia emocional y bienestar psicológico. La salud mental, en cierto modo, se volvió tendencia. Y aunque esto puede interpretarse como un avance —porque claramente lo es— también hay que mirar este fenómeno con ojos más críticos. Porque cuando un tema tan profundo y delicado se convierte en moda, corre el riesgo de perder su esencia, diluirse en frases vacías o ser apropiado por personas y sectores que no están realmente preparados para abordarlo con responsabilidad.
Uno de los cambios más notables en Colombia ha sido la reciente aprobación de una ley (2460 de 2025) que obliga, entre otras cosas, a todos los colegios a incluir la educación emocional dentro del currículo. Este hecho representa una apuesta significativa por formar niños y jóvenes emocionalmente más conscientes, empáticos y resilientes. Es un paso necesario en una sociedad que ha ignorado por demasiado tiempo el mundo interno de las personas. También en el ámbito empresarial se ha hecho evidente un interés creciente por cuidar el clima emocional, hablar del estrés laboral, implementar programas de bienestar y promover una cultura organizacional más humana. Todo esto, en principio, suena esperanzador.
Pero no podemos quedarnos solo con la cara amable del asunto. Con el auge de la salud mental como discurso dominante, también han comenzado a multiplicarse los ofrecimientos de talleres, charlas, terapias alternativas, programas de “sanación emocional” y sesiones de “acompañamiento psicológico” por parte de personas que no tienen formación profesional en psicología ni en salud mental. Y aquí es donde la preocupación se vuelve urgente. Cada vez es más común ver a coaches emocionales, motivadores, influencers o “facilitadores del alma” ofrecer lo que parecen ser procesos terapéuticos, sin contar con el respaldo ético, teórico ni clínico necesario. Muchos lo hacen con buenas intenciones. Algunos incluso han vivido sus propios procesos de transformación y quieren compartir su experiencia. Pero lo cierto es que tener una historia personal de superación no equivale a estar preparado para acompañar el dolor de otros.
El intrusismo en psicología es un fenómeno real y serio. Se da cuando alguien asume funciones propias del psicólogo sin serlo, sin haber atravesado por años de formación universitaria, práctica supervisada, actualización constante y reflexión ética. Y esto no solo afecta al gremio profesional: afecta sobre todo a las personas que buscan ayuda en momentos de vulnerabilidad y terminan en manos de alguien que no está capacitado para contenerlas ni orientarlas adecuadamente. En el campo educativo, por ejemplo, es frecuente ver cómo algunos docentes, entusiasmados por la nueva cátedra de educación emocional, comienzan a intervenir emocionalmente en sus estudiantes, confundiendo su rol pedagógico con el clínico. En lugar de enseñar habilidades socioemocionales, se lanzan a interpretar conductas, intervenir duelos o mediar conflictos sin herramientas clínicas. En el ámbito empresarial ocurre algo similar. Muchas organizaciones, con la intención de hacer algo por la salud mental de sus empleados, contratan personas sin formación psicológica para dictar charlas de estrés, motivación o gestión emocional. Lo que comienza como una acción bienintencionada puede terminar siendo una experiencia superficial, poco útil o incluso contraproducente para los trabajadores.
Y no olvidemos las redes sociales, donde abundan los contenidos sobre salud mental. Aunque muchos psicólogos comprometidos generan material de calidad, también circulan consejos simplistas, afirmaciones erróneas y promesas peligrosas. El problema no es que se hable de salud mental en internet, sino que se lo haga sin cuidado, sin contexto y sin responsabilidad.
Hablar de emociones no es un juego. Acompañar el sufrimiento de alguien no es un acto improvisado. El dolor humano merece respeto, conocimiento y contención profesional. A veces, lo que una persona necesita no es que le digan “tú puedes” o “piensa positivo”, sino alguien que sepa sostener su historia sin juzgar, que sepa cuándo callar, cuándo intervenir y cuándo derivar.
La psicología no es dar consejos ni solo escuchar con amabilidad. Es una profesión basada en ciencia, en procesos humanos complejos, en una ética rigurosa. Es una práctica que exige humildad, preparación constante y una enorme responsabilidad. Por eso, no cualquiera puede ejercerla, por más carisma o buenas intenciones que tenga.
Frente a todo este escenario, cabe una reflexión importante. Si como sociedad queremos realmente cuidar la salud mental, debemos hacerlo bien. Eso implica distinguir entre promoción del bienestar y atención clínica. Implica reconocer los límites de cada rol. Implica contratar psicólogos cuando se necesiten psicólogos. Y también implica educar a la población para que sepa cuándo está en manos seguras y cuándo no. No se trata de rechazar lo emocional ni de poner barreras. Se trata de proteger a las personas. Porque cuando alguien busca ayuda psicológica, está entregando algo profundamente valioso: su historia, su dolor, su confianza. Y eso no puede caer en manos inexpertas.
Celebro que hoy estemos hablando más de salud mental. Celebro que los colegios la integren a su enseñanza y que las empresas la pongan sobre la mesa. Pero también insisto en que no todo lo que se llama “salud mental” lo es. Detrás de cada intervención debe haber preparación, ética y respeto. Porque en esto, más que en casi cualquier otro campo, la buena intención no basta.
Si eres padre, madre, docente, líder organizacional o simplemente alguien que quiere acompañar mejor a otros, te animo a seguir aprendiendo, a reconocer tus límites y a valorar la psicología como lo que es: una profesión que no está hecha para dar respuestas fáciles, sino para abrir espacios de encuentro, reflexión y cambio genuino. Y si alguna vez sientes que necesitas ayuda, busca a alguien que esté preparado para acompañarte de verdad. Porque tu salud mental lo vale. Y tú también.
Jefferson Bastidas
Psicólogo en Manizales y Online